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Saca los prismáticos... ¡por la noche!
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Hay muchas personas a las que les gustaría iniciarse en esto de la astronomía o, al menos, conocer un poco mejor el cielo, pero enseguida creen tener un gran problema: ¡no tienen telescopio!
Mucha gente ni se imagina la extraordinaria utilidad que tienen unos simples binoculares para observar el cielo. Por otra parte, la observación con telescopio suele ser bastante decepcionante si no se es un avezado observador y con conocimientos suficientes para interpretar adecuadamente esas imágenes grisáceas todas ellas y casi siempre borrosas o difuminadas que obtenemos en el ocular. No, un telescopio no muestra las galaxias, ni los cúmulos globulares, ni las nebulsas planetarias con esos colores y definición que podemos contemplar en fotos de revistas o en imágenes de Internet. Mayores telescopios proveeran de mejores observaciones, pero nunca como una foto: para eso está la fotografía astronómica. De momento algo sencillo para empezar.
Así que echemos mano primero a la visión directa con nuestros propios. Esto tiene la ventaja de que sabemos usarlos muy bien y de que tenemos un campo de visión de casi 180°, convirtiéndonos nosotros en el centro de un gigantesco planetario en el que podemos observar miles de estrellas de un solo vistazo. Solo existe un requisito: debemos buscar lugares oscuros alejados de las fuentes luminosas artificiales y de la luz que dispersan las poblaciones, cuanto más oscuro, mejor. Pero vayamos al tema que da entrada a este artículo: el uso de los prismáticos para la observación astronómica.

El cielo con visión directa
La ventaja de unos prismáticos es que son fáciles de transportar y que tienen un gran campo de visión, lo que permite observar muchísimas estrellas en parcelas celestes relativamente amplias. Pero ¿qué prismáticos son los más adecuados? Lo cierto es que cualquiera que tengamos a mano suponiéndoles una calidad óptica aceptable. Los que se suelen aconsejar para la observación astronómica son los 7X50, que significa 7 aumentos (7x) y un diámetro de lente de 50mm.
Hablemos pues de unos prismáticos adecuados para la observación astronómica.
El aspecto más interesante de unos prismáticos no son aquí sus aumentos, sino aquel que tiene que ver con su capacidad recolectora de luz. Eso viene determinado por su abertura, es decir, por el diámetro de sus lentes objetivo (aquellas por las que entra la luz).
En todo prismático figura impresa su potencia con una expresión del tipo
| aumentos X abertura |
El valor aumentos hace referencia al número de veces que veremos más grande (o más cerca si se quiere entender de esta otra forma) el objeto observado. La abertura es el diámetro en milímetros de las lentes objetivo. Con ello una inscripción del tipo 8x6O resulta ahora más fácil de entender porque nos estamos refiriendo a unos binoculares de 8 aumentos (8x) y 60 mm de abertura.
Sobre la abertura:
La importancia que le damos a la abertura está justificada por cuanto a mayor abertura tanto mayor será su poder recolector de luz y más detalles y objetos tenues podrán observarse. Para el uso astronómico los binoculares deben tener una abertura mínima de 50 mm, pero desde ese mínimo hay un rango muy amplio que puede llegar hasta los 100 mm y más.

Sobre los aumentos:
Más aumentos (zoom para entendernos mejor) significa que el campo de visión se reduce (eso lo sabemos por el zoom de las videocámaras digitales) y que la luminosidad disminuye (eso es una cuestión óptica). Así que unos 7x50 serán más luminosos que unos 15x50 ¿pero qué acerca de unos 8x60 respecto a los otros dos?
Pues bien, existe una fórmula que pone en relación los aumentos con la abertura y cuyo resultado es un indicativo de su capacidad para captar detalles de objetos poco luminosos, que es lo que nos interesa. A ese resultado se le llama precisamente luminosidad, de manera que cuanto mayor sea su valor mejor rendimiento obtendremos para la observación astronómica.

Veamos una comparativa aplicando esta fórmula a distintas especificaciones:
| Tipo | Luminosidad |
| 7 x 50 | 14,28 |
| 15 x 50 | 6,66 |
| 7 x 60 | 17,14 |
| 15 x 60 | 8,00 |
Enseguida comprobamos cómo de determinante es la abertura (los 60 mm son más luminosos que los 50 mm) y cuánto reducen la luminosidad los aumentos (los 7x son más luminosos que los 15x). Con esto ya tenemos un criterio muy adecuado para elegir nuestros "prismáticos astronómicos" ante la apabullante oferta de especificaciones y características que podemos encontrar en el mercado.
Pero ante todo debemos tener en cuenta nuestros intereses observacionales. Quizás prefiramos obtener una visión de "gran campo" y para ello lo que sobran son excesivos aumentos, así que elegiríamos los 7x60 antes que los 7x50. Pero quizás prefiramos acercarnos más al objeto observado para poder estudiarlo mejor y entonces los 15x60 serían más adecuados que los 15x50. En ambos casos es la abertura la que guía nuestra elección: para los mismos aumentos debemos escoger aquellos prismáticos de mayor abertura. Está claro ¿no?

Región de la Nebulosa de Orión
En la imagen se aprecia el campo de visión que se obtiene con prismáticos de distintos aumentos
Pues bien, ahora que ya tenemos unos prismáticos en la mano resulta que son totalmente inoperativos para mirar las estrellas ¿por qué? pues porque a pulso no sirven para nada. Necesitamos que la imagen que observamos tenga estabilidad para que nuestras retinas se impregnen del brillo estelar a modo de película fotográfica, de lo contrario veremos cómo las estrellas van y vienen dejando trazos y privándonos de toda característica. La solución vendrá de la mano de un trípode y del correspondiente adaptador para colocar los prismáticos. Vamos ello.
El trípode
Se trata simplemente de un trípode de los que se emplean en fotografía. Existen distintos modelos construidos con distintos materiales (aluminio, acero, carbono) pero todos ellos sirven para colocar una cámara fotográfica o de video y, por lo tanto, también unos prismáticos. Lo que sí debe tenerse en cuenta es que se trate de un trípode algo robusto y que una vez extendidas todas sus secciones el cabezal quede por encima de nuestra cabeza, pues vamos a mirar hacia arriba no en horizontal.
El adaptador
Se trata de una pieza muy sencilla cuya función es poder acoplar los prismáticos al cabezal del trípode fotográfico. Esta pieza se fabrica en plástico o en metal, pero las metálicas son mejores pues no producen torsiones y asegura la estabilidad de los prismáticos que es lo que pretendemos. La figura muestra el montaje del adaptador en el cabezal del trípode.

De izquierda a derecha: el adaptador, el cabezal del trípode y el montaje final
Un detalle sobre los prismáticos
Hay un aspecto importante que debe tenerse en cuenta si queremos emplear unos prismáticos de la manera que estamos explicando aquí: para poder utilizar el adaptador los prismáticos deben estar preparados para ello. Tal como muestra la figura, deben tener una rosca en el eje de ajuste interocular que es donde se roscará el adaptador. Esa rosca suele venir cubierta con una tapa embellecedora para cuando no se usen con esa función, por eso, al adquirir unos prismáticos se debe comprobar si ese tapa puede extraerse bien a presión o a rosca, de lo contrario deberíamos considerar otro modelo.

Detalle de la rosca de acople en el eje de los prismáticos
Y eso es todo. Con un equipo tan sencillo y barato disponemos ya de un instrumento de observación astronómica cómodo de transportar, fácil de usar y, quizás, mucho más entretenido y visualmente agradecido que un telescopio.
Ahora ¿qué tipo de observaciones nos permite un instrumento con tan pocos aumentos comparadado con un telescopio? Pues bien, principalmente deleitarnos con los campos estelares de la Vía Láctea o cualquier otra parte del cielo donde a simple vista ya veamos que existe cierta densidad estellar, allí donde a simple vista apenas distinguíamos un puñado de estrellas apareceran a cientos. También se distinguen un buen número de nebulosas de reflexión, algunos cúmulos globulares y alguna galaxia. En cuanto a planetaria la Luna ofrece un espectáculo visual, y de Júpiter apreciaremos con toda claridad sus cuatro lunas principales, aquellas mismas que pudo observar Galileo con su pequeño telescopio allá por el 1609.